lunes, 29 de diciembre de 2008

Intercambio de parejas

Cuando se cumplen veinticinco años compartiendo sábanas y mantel, lo que no se sabe seguramente es porque no se quiere. O cualquiera sabe, quien más y quien menos es una caja fuerte blindada contra el tiempo. Y contra los deseos y los gustos todavía más.
Ella era y es una hacendosa ama de casa. Él el director de Recursos Humanos de una multinacional que se ha hecho así mismo. Ella siempre fue la mujer de la casa, ni siquiera dejó de serlo cuando dedicó algunas tardes a vender fiambreras de plástico en reuniones de amigas que aguantaban el rollo con tal de tomarse gratis un café con derecho a los chismes de la vecindad. Él empezó trabajando en una empresa familiar en la que se forjó así mismo desde los niveles más bajos. Dio el salto al estrellato cuando la empresa para la que trabajaba fue absorbida por su actual propietaria. Desde entonces no se ha quitado la corbata, ni siquiera en las fiestas de guardar. Si se la quitaba por la noche yo diría que lo hacía hasta con dolor.
Era así que cuando la reina de la casa prepara la ensalada, de siempre, de mucho antes de las telenovelas, prestaba especial atención a las bananas, a las zanahorias y a los pepinos. A los nabos menos, no por nada, es que no entraban en su dieta. Era una cuestión cultural, pero no más. Claro que cuando compraba bananas, zanahorias o pepinos los prefería hermosos, que tuvieran donde cortar. Y es que había que verla. Tras los magreos preliminares para contrarrestar la tersura de la nevera, lo que venía después dejaría sin aliento al más pintado. Y es que si dejaba un trozo sin rebanar, sin hacer rodajas, sería –téngalo presente- por equivocación, pero no más. Cierto que alguna vez pensó que lo suyo, con aquellas prácticas verduleras, de tener algo en la entrepierna eso sería una alcancía. Eran métodos como otro cualquiera. Una alcancía. O dos, que también podría ser. Claro que ella, hacendosa y dulce, sin otro amor que su director de Recursos Humanos y sus flirteos con don Limpio, esas cosas, casi pecados, casi ni las pensaba. ¿O sí?
Claro que elegir al mejor, al más adecuado, tiene su intríngulis. No es fácil. En eso consiste todo el trabajo de él. Verdad es que entre los elegidos abundan ellos, los mismos que hace permanecer de pie algunos minutos frente a su mesa de despacho. Los mira a los ojos –los prefiere con los ojos negros (el negro no oculta nada, repite en los seminarios en los que adiestra a sus subordinados)- y quién te dice a ti que de refilón, al tiempo que repasa al aspirante por entero, no guarda una décima de segundo para recrearse en el paquete. Sagrado envoltorio. ¡Igual sí, igual no!
Por casi todo eso, cuando veinticinco años después de aquel “Sí quiero” él le reveló el secreto del regalo mejor guardado para conmemorarlo, ella, acostumbrada a sus pepinos y a sus pollas en vinagre, a sus sartenes y a sus cazos, apenas musitó un “lo que tú quieras, amor” que se diluyó entre las sábanas y el edredón. Él le contó la buenanueva. ¿Y si por variar se apuntaran a un cambio de pareja? Él lo tenía casi todo pensado. No con cualquiera, gente de calidad, como ellos, gente formal. “Lo que tú quieras amor”, repitió ella mientras dejaba sobre la mesita de noche lo último de Pilar Urbano, el libro queríamos decir.
Quedaron para cenar el viernes siguiente más cercano a su aniversario. Se compraron ropa interior para no desentonar. ¿Pero qué ropa se compra una para...? ¡Qué más da, si lo importante terminará siendo saber quitársela! ¿O no? Ella pasó la prueba: se miró en su tocador y se vio radiante. Hasta tuvo tiempo para darle el visto bueno a él.
Subieron en ascensor sin saber muy bien a donde. Sexto piso, puerta nueve. Los anfitriones los esperaban vestidos para la ocasión, impecables, casi de gala, pero sólo casi. Media etiqueta, como decían cuando acudían de novios a las cenas cotillón. Él, traje gris marengo recién planchado; ella unas gasas ligeramente insinuantes tocadas con unas plumas pequeñas y a juego. ¿Serían naturales? Seguro que no.
Cinco minutos después nadie diría quienes eran los unos y quienes los otros. Cenaron algo de sopa, fruta, algunos mariscos y champagne. ¿O fue cava? Tampoco importa. Sí importaron las pocas miradas que se cruzaron. ¡Dios sabrá dónde se perdieron! Los ojos se huían como cuando eran jóvenes y jugaban a escurrirse hasta que se encontraban en las glorias del final. Más importa que durante las copas empezaron todos a reír con esa risa nerviosa de los que van a morir, de gusto si pudiera ser, habrá que decir. Aunque es verdad que eso hay que ganárselo ¿O qué se pensaban? Nada en esta vida viene de balde. Y si lo parece peor, seguro que termina costando más de lo pensable. Pero debe ser que recogidos los platos y los vasos, sofocados ellos, sofocadas ellas, a la abnegada esposa le escoció que ambos no volviesen en un tiempo prudencial de la cocina. Y es que al final no volvieron. Ellas se quedaron por un rato con el gusto de la conversación en la boca, hasta que la otra se le insinuó y como si fuese un juego se le enganchó de los labios hasta hacerle notar que su lengua era capaz de hurgar mucho más allá de los empastes. ¡Señor, señor! Para relajarse y templar los nervios y las cosquillas en la barriga pensó que nada mejor que una coca-cola fresquita. Y además se estaba haciendo pis, cosas del champagne. Y descargó y quiso encontrar el refresco en la cocina. Y se los encontró a los dos de lleno rompiendo el fuego sobre la mesa del officce, ligeros de equipaje y con los pantalones recogidos por debajo de las rodillas. Eran dos, tres ¿O eran cuatro? Nunca lo hubiera supuesto chupándola de ese modo. No es que... pero claro. Es que hasta ayer esas cosas se las hacía ella, como el cazón con tomate. Ya ven que ya no. ¡Y con qué ganas! Su hombre apenas pudo levantar la vista mientras agarraba con fruición las gónadas de su compañero de viaje y sus labios se hacían cargo de lo que podían con inaudito entusiasmo. Ella sabía cuánto costaba respirar en esos trances.
Quiso dios que la cocacola estuviese en su punto, fresquita, como debía ser, y que su compañera siguiera esperándola, ya desnuda del todo, sin cartas marcadas, ofreciendo sus exquisitos labios –los otros- dispuestos y en flor.